¿Qué creemos?
Somos una iglesia confesional. Esto significa que hemos adoptado una Confesión de Fe como resumen fiel de lo que creemos y enseñamos.
Una Confesión de Fe es un documento escrito por cristianos piadosos y estudiosos de la Biblia, en el que se resumen de manera clara y ordenada las doctrinas principales de las Escrituras. No es un documento inspirado como la Biblia, sino una herramienta fiel y útil que nos ayuda a:
– Declarar públicamente qué creemos.
– Enseñar de forma clara y sistemática.
– Proteger la iglesia del error y la confusión doctrinal.
– Mantener unidad en torno a la verdad bíblica.
En otras palabras, la Confesión de Fe no reemplaza la Biblia, sino que sirve como un fiel reflejo y resumen de sus enseñanzas principales.

Confesión de fé de la iglesia cristiana Evangélica de la sierra de segura
La Santa Escritura es la única regla suficiente, segura, infalible e inerrante de todo conocimiento, fe y obediencia salvadores. Su autoridad, por la que ésta debe ser creída, no depende del testimonio de ningún hombre o Iglesia, sino enteramente de Dios, Quien es el Autor de ella y Quien la ha inspirado verbal y plenariamente. Por tanto, debe ser recibida porque es la Palabra de Dios, en la cual se encuentra todo Su consejo en lo referente a las cosas necesarias para Su propia gloria, la salvación del hombre, la fe y la vida. Sin embargo, reconocemos que es necesaria la iluminación del Espíritu Santo para su entendimiento y que hay circunstancias referentes al funcionamiento de la Iglesia que han de determinarse conforme a la prudencia cristiana según las normas generales de la Palabra. Y puesto que no todas las cosas contenidas en las Escrituras son igualmente claras en sí mismas ni igualmente claras para todos, cuando haya que interpretarse un pasaje dudoso la regla a seguir es a través de la propia Escritura, buscando otros que hablen con mayor claridad hasta encontrar el sentido único de los mismos.
El Señor nuestro Dios es un Dios único, vivo y verdadero, cuya subsistencia está en Él mismo y es de Él mismo, infinito en Ser y Perfección. Es Espíritu Purísimo, Invisible, el único que tiene Inmortalidad y que habita en Luz Inaccesible, Inmutable, Inmenso, Eterno, Todopoderoso, Infinito en todos los sentidos, Santo, Justo, Absoluto, Soberano, que hace todas las cosas según Su voluntad y para Su propia gloria. Es Amantísimo, Benigno, Fiel, Misericordioso, Perdonador, galardonador de los que le buscan, que odia el pecado y que de ninguna manera dará por inocente al culpable.
En este Ser Divino e Infinito hay tres personas distintas, Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo, de una misma Sustancia, Poder y Eternidad. El Padre no es de nadie, ni por generación ni por procedencia; el Hijo es engendrado eternamente del Padre, y el Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del Hijo. Todos ellos son Infinitos, sin principio, y, por tanto, son un solo Dios que no ha de ser dividido. Esta doctrina de la Trinidad es el fundamento de toda nuestra comunión con Dios y nuestra consoladora dependencia de Él.
Dios, desde toda la eternidad y por el consejo de Su propia voluntad, ha decretado todo cuanto sucede, pero Él no es el Autor del pecado ni tiene comunión con nadie en el mismo, como tampoco hace violencia a la voluntad de la criatura. Por este decreto incondicional, soberano, eficaz, y coherente con Su propia naturaleza, Dios ha predestinado a algunos hombres y a algunos ángeles a vida eterna, para alabanza de la gloria de Su Gracia, mientras que a otros los deja actuar en su pecado para su justa condenación, para alabanza de la gloria de Su justicia. Aquellas personas predestinadas para vida desde antes de la fundación del mundo han sido escogidas en Cristo, y lo han sido por Su libre Gracia y amor y no por nada que hubiera en ellas o pudiera mover a Dios a ello. Estos elegidos para gloria cuentan también con todos los medios necesarios dispuestos por Dios mismo para ese fin: estando caídos en Adán, son redimidos en Cristo, llamados eficaz e internamente a la fe en Cristo por el Espíritu Santo, justificados, adoptados, santificados, y preservados para salvación.
En el principio agradó a Dios crear el mundo y todas las cosas que en él hay en un tiempo de seis días, y todas ellas muy buenas. Al final de este periodo creó al hombre, varón y hembra, con almas racionales e inmortales, haciéndolos aptos para aquella vida para con Dios para la cual fueron creados; siendo hechos a imagen y semejanza de Dios, teniendo la Ley de Dios escrita en sus corazones y el poder para cumplirla, aunque también la posibilidad de transgredirla por haber sido dejados a la libertad de su propia voluntad. Además, recibieron un mandato de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, y mientras lo guardaron tuvieron comunión con Dios y dominio sobre las criaturas.
Dios, el Creador de todo, sostiene, dirige, dispone y gobierna a todas las criaturas y cosas, desde la mayor hasta la más pequeña, por Su Sapientísima y Santísima Providencia, de modo que nada ocurre por azar. Dios, en Su Providencia y Soberanía, hace uso de medios, aunque es libre de obrar sin ellos, por encima de ellos y contra ellos, según le plazca. En esa misma Providencia Dios permitió la primera Caída y todas las demás acciones pecaminosas, tanto de ángeles como de hombres, pero no es autor del pecado ni lo aprueba. Por tanto, todo lo que sucede a Sus propios hijos y al resto de las criaturas se encuentra bajo la Providencia de Dios.
El hombre, creado recto y perfecto en un estado de honor, fue tentado por Satanás, y ambos, Adán y Eva, cayeron del mismo al desobedecer el mandato de Dios. Se perdió así la justicia original y la comunión con Dios, y la muerte sobrevino, y al ser ellos nuestros representantes ante Dios nosotros las perdimos también en ellos, viniendo a estar todos los hombres muertos en pecados y totalmente corrompidos en todas las facultades del cuerpo y del alma. La culpa de su pecado nos fue imputada, de modo que los descendientes de aquella primera pareja son ahora concebidos en pecado, hijos de ira por naturaleza, siervos del pecado, y sujetos a la muerte y demás desgracias temporales y eternas a no ser que el Señor Jesús los libere. Esta corrupción original nos impide, nos incapacita y nos opone a todo bien, al tiempo que nos inclina a todo mal, y aún en las personas regeneradas permanece durante toda la vida, aunque mortificada por medio de Cristo.
Habiéndose el hombre acarreado la maldición de la Ley por su caída, agradó a Dios hacer un pacto incondicional de Gracia en el que gratuitamente ofrece a los pecadores vida y salvación por medio de Jesucristo, otorgándoles y requiriendo de ellos la fe en Él para que puedan ser salvos. Este pacto comprende la promesa del Espíritu Santo a todos aquellos que están ordenados para vida eterna a fin de darles disposición y capacidad para creer, se revela en el Evangelio, y está fundado en el consejo eterno que hubo en la Santísima Trinidad acerca de la redención de los elegidos.
El Hijo de Dios es el mediador del pacto entre Dios y los hombres; hecho Profeta, Sacerdote y Rey, Cabeza y Salvador de la Iglesia, heredero de todas las cosas, y Juez del mundo, le ha sido dado un pueblo para que fuera su simiente y para que a su tiempo lo redimiera, llamara, justificara, santificara y glorificara. Este Hijo de Dios, segunda persona de la Trinidad, tomó sobre Sí la naturaleza del hombre, con todas sus debilidades, aunque sin pecado, y fue concebido por el Espíritu Santo en el vientre de la Virgen María llegando a ser nuestro Señor Jesucristo. Por tanto, dos naturalezas completas y distintas se unieron en una persona sin fusionarse, verdadero Dios y verdadero hombre, aunque un solo Cristo, único mediador entre Dios y los hombres.
En su naturaleza humana, el Señor Jesús fue lleno del Espíritu Santo sin medida, siendo santo, inocente y sin mancha, apto para desempeñar el oficio de mediador y fiador. Nació bajo la Ley y la cumplió tanto en su aspecto positivo como en el punitivo, siendo hecho pecado y maldición por nosotros, crucificado, muerto y resucitado al tercer día con un cuerpo glorificado, con el cual subió al cielo y se encuentra sentado a la diestra del Padre intercediendo por los suyos hasta que regrese de nuevo al mundo para juzgar a hombres y ángeles. Su sacrificio satisfizo completamente la justicia de Dios, ha conseguido la reconciliación, y ha comprado una herencia eterna para todos aquellos que el Padre Le ha dado, a los cuales les aplica y comunica Su redención.
Dios creó al hombre con una libertad natural y con poder para actuar por elección propia como un ser responsable ante Dios. En su estado de inocencia, el hombre tenía una voluntad mutable y podía caer. El hombre, tras la Caída y por su estado de pecado, ha perdido toda capacidad para querer cualquier bien espiritual que acompañe a la salvación, y por estar muerto en pecado no puede por sus propias fuerzas convertirse a sí mismo o prepararse para ello. Por tanto, la salvación procede de Dios, Quien por Su Soberana Gracia libra al hombre de su condición de servidumbre y lo capacita para querer y obrar lo que es espiritualmente bueno. El hombre regenerado aún conserva su vieja naturaleza, por lo que desea lo bueno y también lo malo, siendo únicamente en el estado de gloria cuando su voluntad será hecha perfecta e inmutablemente libre solo para el bien, de modo que mientras se alcanza tal estado el hombre sigue siendo responsable ante Dios.
Las personas que han sido predestinadas por Dios para vida, en un tiempo señalado, son llamadas eficaz e internamente por la Palabra y por el Espíritu, sacadas del estado de pecado y de muerte en que están por naturaleza, y llevadas a la gracia y salvación por Jesucristo. Este llamamiento eficaz e interno proviene de la Gracia de Dios, siendo el hombre enteramente pasivo hasta que es vivificado por el Espíritu y capacitado para responder al mismo. Esta obra se realiza no en contra de la voluntad de las personas, ya que éstas reciben por la Gracia de Dios la disposición para acercarse a Él. Aquellas otras elegidas que no han oído la Palabra o los niños elegidos que mueren en la infancia son igualmente regenerados y salvados por Cristo por medio el Espíritu, que obra cuando, donde y como quiere.
A quienes Dios llama eficaz e internamente también justifica gratuitamente por causa de Cristo, declarándoles inocentes al imputarles la obediencia activa de Cristo a toda la Ley y Su obediencia pasiva en Su muerte, las cuales satisfacen a Dios y son aceptadas en lugar de la de ellos, siendo tomadas ambas por la fe, la cual tampoco es de uno mismo, sino que es don de Dios. Esta fe, sin embargo, no va sola, sino que siempre se encuentra acompañada por las demás virtudes salvadoras, de modo que obra por el amor. Por tanto, la justificación es por pura Gracia, y Dios sigue perdonando los pecados de aquellos que son justificados cuando se confiesan en arrepentimiento, los cuales no pueden caer de su estado, aunque sí desagradan a Dios cuando pecan.
A todos aquellos que son justificados Dios los adopta como hijos, los cuales gozan de sus libertades y privilegios, tienen Su nombre escrito sobre ellos, reciben el espíritu de adopción, tienen acceso al trono de la Gracia con confianza, se les capacita para clamar “Abba, Padre”, se les compadece, protege, provee y corrige como por un Padre, y nunca se les desecha, sino que son sellados para el día de la redención y son herederos de las promesas y la salvación eternas y coherederos con Cristo.
Aquellos que son llamados y justificados, unidos a Cristo y teniendo un nuevo corazón y un nuevo espíritu, son también santificados de un modo real y personal por la Palabra y por el Espíritu que mora en ellos. Esta santificación no llega a ser completa en esta vida, pues la carne lucha contra el Espíritu y el Espíritu contra la carne, pero ha de ser progresiva por mandato de Dios, creciendo los santos en la gracia y perfeccionando la santidad en el temor de Dios, sin la cual nadie Le verá.
La gracia de la fe, por la cual se capacita a los elegidos para creer para la salvación de sus almas, es la obra del Espíritu de Cristo en sus corazones, y ordinariamente se realiza por el ministerio de la Palabra. Por esta fe, el cristiano cree que es verdadero todo lo revelado en la Palabra por la autoridad de Dios mismo, llevándole, sobre todo, a aceptar a Cristo y a descansar sólo en Él para la justificación, la santificación, y la vida eterna, en virtud del pacto de gracia. Esta fe, aunque pueda ser atacada y debilitada, resulta siempre victoriosa y va creciendo hasta la completa seguridad en Cristo, quien es el autor y consumador de nuestra fe.
El Espíritu Santo, cuando llama eficaz e internamente a los elegidos, les da arrepentimiento para vida. Y cuando caen de nuevo son renovados mediante el arrepentimiento para salvación. Este arrepentimiento es una gracia por la cual la persona se humilla por su pecado con una tristeza que es según Dios, y se aborrece a sí misma pidiendo perdón y fuerzas, que proceden también de la gracia, para andar delante de Dios agradándole en todo. El arrepentimiento ha de continuar a lo largo de toda la vida, ya que no hay persona que no peque, pero la provisión que Dios ha hecho en Cristo es tal que no hay pecado tan grande que no pueda ser perdonado, así como no lo hay tan pequeño que no merezca la condenación.
BUENAS OBRAS- SANTIFICACIÓN. Las buenas obras son sólo aquellas que Dios ha ordenado en Su Palabra y son los frutos y evidencias de una fe verdadera, sin las cuales la fe es muerta. Por ellas, los creyentes obedecen a Dios, manifiestan su gratitud, fortalecen su seguridad, edifican a los hermanos, adornan la profesión del Evangelio, tapan las bocas de los adversarios, y glorifican a Dios, cuya hechura son, creados en Cristo Jesús para ello, para que teniendo por fruto la santificación, tengan como fin la vida eterna. Es el Espíritu Santo quien obra en los creyentes tanto el querer como el hacer, por Su buena voluntad, pero éstos no pueden ser negligentes en dicha tarea como si no estuviesen obligados.
Los creyentes, por sus mejores obras, no son merecedores del perdón o de la vida eterna, pero cuando hayan hecho todo lo que puedan, solo han cumplido con su deber y son siervos inútiles, pues todas las buenas obras son impuras y están mezcladas con debilidad e imperfección. No obstante, por ser aceptados los creyentes por medio de Cristo, también lo son sus buenas obras, no porque sean irreprensibles o irreprochables a los ojos de Dios, sino porque Él las mira en Su Hijo y acepta aquello que es sincero aún cuando esté acompañado de debilidades e imperfecciones. Las obras hechas por personas no regeneradas, aunque sean ordenadas por Dios y sean de utilidad, al no proceder de la fe y no ser hechas para la gloria de Dios, son pecaminosas y no agradan a Dios.
Aquellos a quienes Dios ha aceptado en el Amado, han sido llamados eficazmente y han sido justificados, no pueden caer total y definitivamente del estado de gracia, sino que ciertamente perseverarán hasta el fin porque son preservados y guardados por el poder de Dios, cuyos dones y llamamiento son irrevocables, al estar ellos esculpidos en las palmas de Sus manos y sus nombres escritos en el Libro de la Vida desde toda la eternidad. Esta perseverancia depende de la inmutabilidad del decreto de elección, de la eficacia e intercesión de Cristo y la unión con Él, del juramento de Dios, de la morada de su Espíritu, de la simiente de Dios que está en los santos, y de la naturaleza del pacto de gracia. Y aunque los santos caigan en pecados y permanezcan algún tiempo en ellos renovarán su arrepentimiento y serán preservados hasta el fin mediante la fe en Cristo Jesús.
Los elegidos, llamados y justificados, los cuales creen verdaderamente en el Señor Jesús y Le aman con sinceridad, esforzándose por andar con buena conciencia delante de Él, pueden en esta vida estar seguros de hallarse en el estado de gracia y pueden alegrarse en la esperanza de la gloria de Dios. Esta certeza es una seguridad infalible basada en la sangre y la justicia de Cristo, y también en las evidencias internas y externas del Espíritu en las vidas de los santos, aunque es algo que no todos asumen ni alcanzan al mismo tiempo. Por eso es deber de cada creyente ser diligente en adquirir esta posesión, la cual hace que su corazón se ensanche en la paz y el gozo del Espíritu, en amor y gratitud a Dios, y en fuerza y alegría en los deberes de la obediencia. Y aunque esta seguridad pueda ser zarandeada, disminuida o interrumpida, el creyente nunca queda destituido de la simiente de Dios y sigue preservado de caer en total desesperación.
Aunque los creyentes no están bajo la Ley de Dios como pacto de obras para ser por ella justificados o condenados, sin embargo, ésta es de gran utilidad para todos, les dirige y obliga a andar en ella, y les muestra su propia naturaleza de pecado que les lleva a odiarlo y a asirse y ver cada vez más la necesidad de Cristo. De todos modos, si el creyente hace lo bueno y se abstiene de hacer lo malo porque la Ley manda lo uno y prohíbe lo otro, no por ello se encuentra bajo la Ley y no bajo la gracia, pues la misma gracia le lleva a obedecer la Ley de Dios.
La revelación del Evangelio a los pecadores es meramente por la Voluntad Soberana y el beneplácito de Dios, y aunque es el único medio externo para revelar a Cristo y la Gracia salvadora, y es completamente suficiente para este fin, sin embargo, para que las personas muertas en sus delitos y pecados puedan nacer de nuevo, es además necesaria la obra eficaz e interna del Espíritu Santo que produce la nueva vida espiritual.
La libertad que Cristo ha comprado para los creyentes consiste en la libertad de la culpa del pecado, de la ira de Dios, de la maldición de la Ley, y en ser librados en el presente siglo malo de la servidumbre de Satanás, del dominio del pecado, del temor de la muerte, de la victoria del sepulcro y de la condenación eterna, y también consiste en su libre acceso a Dios. Solo Dios es el Señor de la conciencia y la ha hecho libre de las doctrinas o mandamientos de los hombres que sean contrarios a Su Palabra. Aquellos que bajo el pretexto de la libertad cristiana practican cualquier pecado o predican distinta doctrina destruyen el concepto de la misma, que consiste en servir al Señor sin temor, en santidad y justicia delante de Él, toda la vida.
El modo aceptable de adorar al Dios verdadero está instituido por Él mismo en Su Palabra y no debe cambiarse conforme a las invenciones de los hombres o las sugerencias de Satanás. La adoración solo puede hacerse a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y solo puede ser aceptada en el Nombre del Hijo con la ayuda del Espíritu, conforme a Su voluntad, en la hermosura de la santidad, con entendimiento, con reverencia, humildad, fervor, fe, amor y perseverancia; y cuando se haga en reunión junto a otros creyentes, debe efectuarse en una lengua conocida.
Las oraciones han de hacerse por cosas lícitas conforme a la voluntad de Dios, pero nunca serán a favor de los muertos. La lectura de la Palabra, la predicación, la audición, la alabanza que sale del corazón, el bautismo, la Cena del Señor, las oraciones, etc., son parte de la adoración a Dios. La adoración no está limitada a un lugar, sino que Dios ha de ser adorado en todas partes en espíritu y en verdad, tanto en familia, como estando solos, o en las reuniones públicas, las cuales no han de descuidarse ni abandonarse por negligencia.
Dios ha señalado un día de cada siete como día de reposo, el cual fue desde el principio del mundo hasta la resurrección de Cristo el último día de la semana, pero desde la resurrección de Cristo ha pasado a ser el primero, llamado Día del Señor y será así hasta el fin del mundo. Este día de reposo se guarda santo para el Señor cuando los creyentes no sólo observan un santo descanso de sus ocupaciones cotidianas, labores, palabras o pensamientos, sino cuando lo dedican al ejercicio público y privado de la adoración y a los deberes de misericordia.
Un juramento lícito es una parte de la adoración religiosa en la cual la persona que jura con verdad, justicia y juicio, solemnemente pone a Dios como testigo de lo que jura, y para que le juzgue conforme a la verdad o la falsedad de lo que jura. El juramento ha de hacerse solo por el nombre de Dios y ha de usarse con temor santo y reverencia. Por lo tanto, jurar en vano o hacerlo temerariamente por este Nombre, o jurar por cualquier otra cosa, es pecaminoso y debe aborrecerse. Sin embargo, un juramento está justificado por la Palabra de Dios cuando una autoridad legítima lo exija en asuntos de importancia, para confirmar la verdad o para poner fin a toda contienda.
Dios ha instituido autoridades civiles para Su gloria, para estarle sujetas y gobernar al pueblo, y para el bien público; y con este fin les ha provisto con el poder de la espada, para la defensa y el ánimo de los que hacen lo bueno, y para el castigo de los malhechores. Es lícito para los cristianos aceptar cargos dentro de la autoridad civil, y pueden hacer lícitamente la guerra en ocasiones justas y necesarias. A estas autoridades se les debe sujeción en el Señor en todas las cosas lícitas que manden, y debemos ofrecer súplicas y oraciones por ellos, para que bajo su gobierno podamos vivir quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad.
El matrimonio, instituido por Dios, ha de constituirse entre un hombre y una mujer; no es lícito para ningún hombre tener más de una esposa, ni para ninguna mujer tener más de un marido. Dios instituyó el matrimonio para la ayuda mutua de esposo y esposa, para multiplicar el género humano por medio de una descendencia legítima y para evitar la impureza. Pueden casarse legítimamente toda clase de personas capaces de dar su consentimiento en su sano juicio; sin embargo, es deber de los cristianos casarse en el Señor, y, por tanto, los que profesan la verdadera fe no deben casarse con incrédulos, ya que el matrimonio es también símbolo de la unión de Cristo con Su Iglesia.
La Iglesia Universal e Invisible está compuesta por los elegidos que han sido, son o serán reunidos en uno bajo Cristo, su Cabeza; y es la esposa, el cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todos. La Iglesia local debe estar compuesta por los santos en comunión y como está sujeta al error y la impureza, debe ser el mismo Cristo quien la dirija, el cual indica que los santos anden juntos para la edificación mutua y la observancia del culto público. En la Iglesia local el Señor ha delegado el poder y la autoridad para realizar la adoración y ejercer la disciplina cuando sea necesario, estando en las manos de los ancianos dicha tarea.
Los responsables de la dirección de la Iglesia serán propuestos por los que previamente desempeñen tal labor; han de ser reconocidos por el resto de miembros debido a su adecuación a lo establecido en la Palabra de Dios; y es obligación de la Iglesia el tenerles el debido respeto, así como el hacerles partícipes, llegado el caso, de las debidas provisiones materiales. Aunque los ancianos o pastores se dediquen a la predicación de la Palabra, esta tarea no está limitada a ellos, sino que otras personas dotadas por el Espíritu Santo también pueden y deben desempeñarla.
Todos aquellos admitidos como miembros de la Iglesia también están sujetos a la disciplina y al gobierno de la misma, conforme a la norma de Cristo. Ningún miembro de la Iglesia, en base a alguna ofensa recibida, debe perturbar el orden de la Iglesia o ausentarse de las reuniones o de la administración de las ordenanzas, sino que debe esperar en Cristo mientras prosigan las actuaciones de la Iglesia. Si en algún caso algún miembro es dañado por procedimientos disciplinarios que no sean de acuerdo a la verdad y al orden, se recurrirá a otras Iglesias en comunión para dirimir el asunto (Para una ampliación de los asuntos sobre la disciplina citados en este apartado, y en el siguiente, léase nuestro estudio: “Sobre la disciplina en la Iglesia”).
El ejercicio de la disciplina en la Iglesia es necesario para rescatar y ganar a los hermanos ofensores, para disuadir a otros de ofensas similares, para purificar de aquella levadura que puede infectar a toda la masa, para vindicar el honor de Cristo y la santa profesión del Evangelio; y para prevenir la ira de Dios que con justicia podría caer sobre la Iglesia si ésta consintiera que el Pacto del Señor fuera profanado por ofensores notorios y obstinados. Para este fin, los hermanos de la Iglesia a título individual, los responsables de la Iglesia, o la Iglesia como tal, deben proceder, siguiendo las indicaciones marcadas en la Palabra, a la amonestación, suspensión de la Cena del Señor, o excomunión, según sea la naturaleza de la ofensa y el desmerecimiento de la persona.
Todos los santos que están unidos a Jesucristo, su Cabeza, por Su Espíritu y por la fe, participan de Sus virtudes, padecimientos, muerte, resurrección y gloria. Estando unidos unos a otros en amor, participan mutuamente de sus dones y virtudes, y están obligados al cumplimiento, de manera ordenada, de los deberes públicos y privados, que conduzcan a su mutuo bien, tanto en el hombre interior como en el exterior. Los santos mantienen entre sí un compañerismo y comunión santos en la adoración a Dios y en el cumplimiento de los otros servicios espirituales que tiendan a su edificación mutua, así como a socorrerse los unos a los otros según sus posibilidades y necesidades. Esta comunión debe extenderse a toda la familia de la fe, es decir, a todos los que en todas partes invocan el Nombre del Señor Jesús.
El Bautismo y la Cena del Señor son las dos únicas ordenanzas que han sido positiva y soberanamente instituidas por el propio Señor Jesús, el Único Legislador, para que continúen en Su Iglesia hasta el fin del mundo. Son signos y sellos santos del pacto de gracia para representar a Cristo y sus beneficios, para confirmar nuestra participación en Él, y para establecer una diferencia visible entre los que pertenecen a la Iglesia y el resto del mundo. Estas santas instituciones han de ser administradas solamente por aquellas personas que tengan una clara profesión de fe en Jesucristo, que se encuentren en comunión con la Iglesia, y que sean de buen testimonio.
El Bautismo es una ordenanza instituida con el fin de ser para la persona bautizada una señal de comunión con Cristo en Su muerte y resurrección, de estar injertado en Él, de la remisión de pecados, y de su entrega a Dios por medio de Jesucristo para vivir y andar en novedad de vida. Las únicas personas que pueden bautizarse son aquellas que, conscientemente, profesan arrepentimiento para con Dios, fe en nuestro Señor Jesucristo y obediencia a Él. El bautismo ha de hacerse con agua, por inmersión siempre que sea posible, y la persona ha de ser bautizada en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
La Cena del Señor fue instituida para el recuerdo perpetuo del sacrificio de Cristo en Su muerte, para confirmación de la fe de los creyentes, para su alimento espiritual y crecimiento en Él, para un mayor compromiso en todas obligaciones que le deben a Él, y para ser un vínculo de su comunión con Él y entre ellos mutuamente. En esta ordenanza no hay sacrificio ni milagro, sino que solo es un memorial, y los participantes deben tomar del pan y del vino una vez que se hayan bendecidos en oración, y que el pan sea partido. Los incrédulos no pueden participar en esta ordenanza, y cualquiera que lo haga indignamente es culpable del cuerpo y la sangre del Señor, pues juicio come y bebe para sí.
Los cuerpos de los hombres vuelven al polvo después de la muerte y ven la corrupción, pero sus almas, que son inmortales, vuelven a Dios que las dio. Las almas de los justos, hechas perfectas en santidad, son recibidas en el Paraíso donde están con Cristo, y contemplan la faz de Dios en luz y gloria, esperando la plena redención de sus cuerpos. Las almas de los impíos son arrojadas al infierno, donde permanecen atormentadas y envueltas en densas tinieblas, reservadas para el juicio del gran día. Fuera de estos dos lugares para las almas separadas de sus cuerpos, la Escritura no reconoce ningún otro. Los santos que se encuentren vivos cuando el Señor venga no morirán, sino que serán transformados, y todos los muertos serán resucitados con sus mismos cuerpos, aunque con diferentes cualidades, y éstos serán unidos otra vez a sus almas para siempre.
Dios ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia por Jesucristo, a quien todo poder y juicio han sido dados por el Padre. En aquel día serán juzgados también los ángeles, y todas las personas darán cuenta de sus pensamientos, palabras y acciones para recibir conforme a lo que hayan hecho mientras estaban en el cuerpo, sea bueno o malo. El propósito de ese juicio es para la gloria de Dios, para la manifestación de la gloria de Su misericordia en la salvación de los elegidos, y la de Su justicia en la condenación eterna de los réprobos y desobedientes. Los justos entrarán a la vida eterna y recibirán plenitud de gozo y gloria, y los impíos serán arrojados al tormento eterno y castigados con eterna perdición, lejos de la presencia del Señor y de la gloria de Su poder. De este juicio nadie sabe ni el día ni la hora, por lo que los creyentes deben estar velando y siempre preparados para decir: “Ven, Señor Jesús; ven pronto”.
